sábado, 22 de noviembre de 2008

I had a dream...

¿Pueden los sueños alterar nuestra percepción de la realidad? La pregunta y su respuesta me han causado más de un desvelo.
Para quienes tenemos el privilegio de soñar y recordar, las imágenes oníricas, sus sonidos, sabores y aromas pueden ser una diversión, una fuente de inspiración, una liberación de las tensiones y un largo etcétera.
Sin embargo, algunos sueños tienen un poder que intimida porque rompen los códigos o las leyes que asumimos controlan su relación con el mundo de la vigilia. Existen sueños que cambian de una manera inexorable el modo en que vemos el mundo cuando estamos despiertos.
Pesadilla o encanto, nos turban haciéndonos sentir estupefactos al volver al mundo de los vivos. Nos dan asco y nos repugnan, nos hieren y nos vencen o nos alegran y nos divierten.
¿Cómo es posible que la nada pura de un sueño sea capaz de alterar el todo pétreo de la vigilia?
Como el Faraón y sus vacas flacas, yo he soñado mi desvelo.
Pienso y sólo me remito al Segismundo de Calderón. ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión,una sombra, una ficción,y el mayor bien es pequeño:que toda la vida es sueño,y los sueños, sueños son.
¿A cuántos un sueño puede alterarles la vida?

jueves, 12 de junio de 2008

El medio

El medio jamás es cómodo; es amigo de la difamación.
El medio jamás es simple; es padre de la imcomprensión.
El medio es más radical que los extremos, está al filo del peligro.
El medio no es tranquilo sino violento y valiente.
El medio es solitario y, por eso, esencialmente desierto.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Infiernos literarios

La literatura universal está colmada de exuberancias, exageraciones, hipérboles de la vida. Uno de los costados más interesantes de esta colección es aquel que da cuenta de los castigos (divinos o humanos) como forma primordial de reparación del equilibrio de la Justicia.

Dando rienda suelta a mi faceta sádica, tal vez por temor o quizá como medio de exorcizar los acontecimientos, inauguraré formalmente una nueva sección que estará consagrada a recopilar los tormentos, castigos y penas que nos obsequian los libros.

La utilidad de esta empresa es incierta; puede que haya quienes encuentren en ella un gran depósito de ideas para sus maldiciones o quienes aprecien la siempre presente cuota de ironía disfrazada bajo el manto del talión.

Una cosa es segura: no es una reivindicación fatalista de la justicia ni, menos aún, una exhortación a creer en el equilibrio cósmico. De darse ambas cosas serían producto de la mera casualidad... suponiendo, claro, que una cosa tal como la casualidad exista.

Sin más, entonces, he aquí la primera entrega:

"Anastasio, soy de tu misma tierra y eras muy niño aun cuando yo, a quien llamaron Mícer Guido de los Anastegui, estaba más locamente enamorado de esta mujer de lo que tú puedas estarlo de la de los Traversari; su orgullo y crueldad llevaron tan lejos mi desventura, que un día me dí muerte con este estoque que ves en mi mano, y ahora estoy desesperado, condenado a las penas eternas. Poco tiempo después de mi muerte, de lo que esta mujer se alegró no poco, expiró también; y por su pecaminosa crueldad y la alegría con que correspondió a mis tormentos, fue igualmente condenada al infierno. Cuando llegó a los avernos, a ambos se nos impuso esta pena: a ella huir ante mí; y a mí, que tanto la amé en vida, perseguirla no como amante, sino como mortal enemigo; y cuantas veces la alcanzo, otras tantas veces la mato con este estoque con que me dí muerte, le arranco el corazón, ese corazón duro y orgulloso que nunca amó ni sintió piedad y lo echo a los perros, como tú mismo verás. Poco tiempo después, según quiera la Divina Justicia, esta mujer resucita, prosigue su dolorosa fuga, persiguiéndola de nuevo los perros y yo; cada viernes a esta hora, la alcanzo aquí y, como verás, la destrozo. No creas que los demás días descansamos, pues la acoso en otros lugares donde ella pensó y obró cruelmente contra mí. Y habiéndome convertido de amante suyo en verdugo, he de perseguirla de esta manera durante tantos años como meses duró su crueldad. Déjame, pues, ejecutar los designios de la Divina Justicia; no quieras oponerte a los que no podrías evitar." (G. Boccaccio, Decamerón, Jornada quinta, cuento octavo).

Nota: Si tuviera que ilustrar esta sección definitivamente pondría una imagen de "El jardín de las delicias" de El Bosco.
Nota 2: Toda colaboración será bienvenida.

miércoles, 24 de octubre de 2007

Preguntas ¿para? psicológicas

Conversando en un reunión, la corriente de la charla nos arrastró hacia los tests psicológicos y, en especial, hacia aquellas preguntas del tipo: "¿Si fueras una fruta, qué fruta serías?".

Tal como es de esperarse, las risas no tardaron en transformarse en carcajadas batientes y las preguntas en deformarse,
retorcerse y metamorfosearse hasta límites insospechados.

Pudiendo atribuir los excesos sólo al espíritu festivo de un estómago satisfecho, agotados los músculos de tanto contraerse, se cerró el capítulo y las palabras se mudaron a otros parajes.

Sin embargo, la simplicidad de una pregunta quedó dando vueltas en mi cabeza por cerca de una semana. Tal vez haya sido la sombra de mis
ancestros, mi tótem, mi ánima guía, mi parte atávica, la visión de una vida anterior, una conexión cósmica fugaz, pero tuve de pronto la certeza de que era un ave. Es decir, si fuera un animal sería una ave.

Muchos dirán que más que pájaro,
pajarón o, de manera menos sutil, cambiarán una letra y removerán un acento, pero no presto oídos a tales insidiosas observaciones.

Un ave.... aún no he logrado dilucidar qué clase o especie... Aguardo mi epifanía.

lunes, 30 de julio de 2007

Heroísmo elemental

"Hay un sabor que nuestro tiempo (hastiado, acaso, por las torpes imitaciones de los profesionales del patriotismo) no puede percibir sin algún recelo: el elemental sabor de lo heroico (...)" Jorge Luis Borges, El pudor de la historia, Otras Inquisiciones.

Palabras fuertes, grandes, pesadas, tan llamativas por su vacuidad. ¿A qué se asemeja el elemental sabor de lo heroico?
La inherente inefabilidad del heroísmo hace casi imposible hilar una respuesta coherente. En un época donde los héroes nos avasallan con poderes sobrehumanos, trajes de diseñador y adminículos de alta tecnología en un entorno medularmente prosaico, el heroísmo parece ser tan soso como el puré de papas sin sal (si alguien no pasó por esta experiencia, por favor, evítela, es como contemplar a la encarnación de la decrepitud).
La esencia del heroísmo es, a mi entender, fundamentalmente humana, trivial y, paradójicamente, extraordinaria. El heroísmo es la entrega a un ideal; la sumisión completa de la elección y las acciones al servicio de una idea.
En el héroe conviven en bélica armonía la negación del ser y la afirmación de éste a través de la realización de una idea de un modo simple y asombroso hasta la perplejidad: La elección consciente de la ofrenda de la vida a algo que se considera tanto o más importante que ésta. De allí su sabor elemental, primitivo, sensualmente antiguo, racionalmente desafiante, siempre reconocible, latente nunca olvidado...
Más que recelo es desesperanza. Nuestros días no quieren creer en los héroes y menos aún en la capacidad de cualquiera para serlo. Los héroes son super humanos, inalcanzables, imposibles, inextricables.
En la ceguera de nuestro tiempo el heroísmo no es una virtud es un don; no se obtiene, se recibe; no es activo, es pasivo (*); no se busca con esfuerzo, se recibe por gracia...
Creo en los héroes porque me he topado con su sabor, que es de sangre y de risa, de vida. Acepto sin recelos el heroísmo porque creo en las ideas y, todavía, en el hombre.

(*) Evitemos el chiste fácil al menos para este post.

jueves, 26 de julio de 2007

Visiones del ser argentino II

"El argentino siente que el universo no es otra cosa que una manifestación del azar, que el fortuito concurso de los átomos de Demócrito; la filosofía no le interesa. La ética tampoco: lo social se reduce, para él, a un conflicto de individuos o de clases o de naciones, en el que todo es lícito, salvo ser escarnecido o vencido" (Jorge Luis Borges, Nota sobre (hacia) Bernard Shaw, Otras Inquisiciones).

Nota: Esta cita, junto con otra que prometo publicar comentada -en rigor, re-flexionada- me tomó por sorpresa mientras oía las diatribas de un discurso de campaña.

martes, 26 de junio de 2007

Dilemas físicos

En uno de mis habituales paseos de lectura me topé con este post de Bestiaria. Luego de leerlo quedó rondando en mi cabeza una frase a primera vista anodina, pero que resultó no ser tal: "Licuan las clases sociales".

En rigor y en honor a la sinceridad debería formularla tal cual se apareció en mi mente luego de leer la explicación que en el artículo en cuestión sigue a tal título. De acuerdo con los caminos claramente trazados por mi personalidad las palabras vieron la luz en la forma de una pregunta: ¿Las clases sociales se licuan?

Sin querer, ni anhelar, entrar en los vericuetos sociológicos de las posibles respuestas, y huyendo a conciencia de una confrontación marxista, me di al juego de tratar de resolver lo que decidí considerar un enigma físico: Suponiendo que, tal como lo plantea Bestiaria, las clases sociales se licuaran para favorecer la amorosa existencia del feliz matrimonio, ¿cuál de las clases ejerce su poder de atracción?, ¿cuál termina predominando y absorbiendo a la otra?

Dado que no estoy en posición de afirmar que existan -o no- estudios serios al respecto, y que la pereza o la dejadez intelectual tampoco me han impelido a buscarlos, doy por sentado que toda especulación quedará en el campo de las hipótesis.

De plano descarto, por causas varias, la posibilidad de la no absorción, a la que como mucho me permitiría considerarla como una excepción que confirma la regla. No creo posible vivir armónicamente la vida matrimonial oscilando pendularmente entre los extremos, a menos que la esquizofrenia opere milagros.

Bestiaria parece haber encontrado la solución al afirmar que uno de los secretos del éxito reside en la negación de las familias de uno de los integrantes (o por caso las dos), pero al olvidar mencionar la negación del círculo de amistades, sin olvidar el profesional, le idea de la no absorción pierde fuerza.

En consecuencia, el dilema de la clase atractora es aún más intrigante.

Naturalmente me inclinaría a pensar que la solución sería siempre el englobamiento del inferior por el superior. Aunque suene snob nadie puede negar que existe una conciencia social o imaginario colectivo que representa al conjunto de las clases como una escala descendente que va de las consideradas "altas" a las "bajas". Sin embargo, la historia me da muestras de que pueden contarse demasiadas excepciones para sostener este planteo como regla.

La opción contraria, por otro lado, tampoco halla una respuesta única.

Al fin y al cabo, para mi asombro, sólo puedo arribar a la inexorablemente cursi, engolosinada, empalagosa y, tal vez, obvia respuesta de que el amor decide los caminos a seguir para cada caso particular.

A pesar de ello, mi inherente espíritu de rebeldía me obliga a exhortar al debate sobre tan trascendente cuestión. Quizá la visión de los otros no sea tan tuerta como la mía.